Llega el día de la semana en que hay que llenar el frigorífico y te subes al coche con tus padres y hermanos, camino de un hipermercado o una gran superficie, que normalmente está a las afueras de la ciudad. Llegáis, cogéis un carrito y entráis en un edificio en donde parece que encontraréis cualquier cosa que podáis necesitar.

Si te fijas en las calles de estanterías llenas de productos, te darás cuenta de que hay montones de marcas para cada uno de ellos. ¿Cuál elegir? ¿Por qué? Tus padres ya conocen muchas de esas marcas, y probablemente estén acostumbrados a comprar más o menos las mismas, pero ¿qué harías si tuvieras que escoger tú? ¿Comprarías lo más barato? ¿Lo que te suena por haberlo visto anunciado por la televisión?

La verdad es que aprender a tomar estas decisiones no siempre es fácil. La mayoría de los productos que se venden en este tipo de comercios están envasados. Apenas puedes ver lo que hay en su interior, su color o incluso su olor hasta que lo pagas en la caja. También puede pasarte que en alguna ocasión necesitéis información antes de decidiros a comprar algo y no encontréis a nadie que pueda atenderos, o que quien esté allí no sepa demasiado sobre dicho producto: qué harina es la mejor para preparar un postre, qué tomates para una ensalada, qué carne para un guiso…

¡Hay tantas cosas!

¿Hay que resignarse a comprar a ciegas? ¿Es esa la única opción posible?¿No te gustaría saber cómo está hecho, cultivado o criado aquello que vais a comprar antes de pagarlo? ¿Saber de dónde procede?

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